Vivimos en Chile.
Pero sabemos más de las especies del Amazonas y de África que del bosque que tenemos al lado de la casa.
Nuestros hijos y sobrinos conocen desde muy chicos al elefante, al rinoceronte o al león. Pero quedan con cara de pregunta cuando les hablamos de un Zorro Culpeo, un Degú o una Güiña.
En general no sabemos que ese paisaje que vemos desde la micro (si vives en la zona central) se llama bosque esclerófilo. Ese del cerro aparentemente seco, con "motitas" verdes. Ese que parece pura tierra y polvo… pero que en verdad está lleno de vida.
El problema es que esa desconexión sale cara. Porque cuando no se conoce un lugar, no se cuida. Y cuando no se cuida, se vuelve fácil que desaparezca en silencio: entre incendios, urbanización descontrolada y sequías cada vez más largas.
Lo más irónico es que el bosque esclerófilo es un maestro del aguantar. Resiste con poca agua, regula temperatura, sostiene biodiversidad y presta servicios ecosistémicos como si fuera soporte técnico 24/7. Y aun así lo tratamos como un terreno pelado que no vale la pena cuidar.
Por eso existe Quillén.
Quillén es un juego de construcción de mazo y gestión de dados. Asumes el rol de un conservacionista que intenta restaurar un bosque esclerófilo degradado: mejoras tu mazo turno a turno, incorporas especies nativas y vas construyendo un sistema que funciona cada vez mejor.
No es plantar un árbol y listo. Es entender cómo todo se conecta.
Hay algo particular en ver cómo un mazo lleno de sequías y fragmentación empieza, de a poco, a convertirse en algo que respira. Eso no se explica bien. Hay que jugarlo.
Funciona de 2 a 4 jugadores, desde los 7 años, en partidas de unos 40 minutos. Tiene contenido científico validado por Ladera Sur y fue diseñado en Chile por los mismos autores de Kurrüf, ILAN y Resistencia Nativa.
Si buscas un regalo con sentido o simplemente un juego que deje algo más que el recuerdo de haber ganado, este es.
